lunes, 19 de enero de 2015

De crisis existenciales y malas edades



Si es que no debo ser tan empática, es una costumbre que debo dejar, porque yo no estoy preparada para estas cosas. Si ya habían pasado semanas desde la última aparición de la Madre Tigre en escena, lo cual es de por sí duro (se echan de menos sus textos), la muy tigresa va y nos presenta una primera entrada filosófica. Así, sin aviso previo ni post dulzón-post navideño entremedias…y a mí, qué queréis que os diga, me ha pillado desprevenida.

Y no es que yo me esté acercando a la fecha cuarentona. Mi querido marido tampoco. Pero es lo que tiene ser empática y dejarse empapar por las emociones de los demás, además de cierta tendencia filosófica propia. Si a esto le sumamos tener que rellenar un cuestionario, (donde los muy caparras te obligan vilmente a marcar la casilla con nuestra edad) tras el cual me di cuenta definitiva de que sí, yo, la mendalerenda, este año le cae una edad muy mala.

Y no es que la edad sea mala de por sí, pero siento que alguien me ha robado los últimos dos años de mala manera. Así, con mala fe. Quizá porque han pasado casi dos años desde que comencé con el tratamiento, quizás porque casi ha pasado año y medio desde que salí del hospital, o simplemente quizá porque tocaba que así fuera…

No lo sé, no me importa.

Y llegados a este punto, me permito citar a la Madre Tigre:
La realidad es que ahora empieza lo bueno, lo de verdad, pero no es tan fácil entrenar a nuestros sentidos atolondrados para poder apreciarlo. Después de una vida corriendo sin mirar atrás ahora toca sentarse, respirar muy hondo y abrir mucho los ojos. Esto que ves pasar a toda velocidad es tu vida en su máximo esplendor. Aquí. Y ahora.

Porque no hace falta aproximarse a ninguna edad concreta para darse cuenta de que es bueno sentarse de vez en cuando, mirar atrás y por supuesto disfrutar de lo que venga.

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